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Lo Último

EXTRAÑO (POEMA)







Extraño mis calles de la niñez,
extraño el aroma de tus flores,
extraño no verte en tu ventana,
extraño tu saludo como ausente,
extraño las caricias que no existieron,
extraño los besos que nunca nos dimos,
extraño mi vida de amores eternos,
extraño tus juegos inocentes,
extraño mi amor adolescente,
extraño cada mañana que naci por vos,
extraño cada tarde que morí por vos.
extraño todo eso y aún más,
de un ayer que ya no está,
de un ayer que no volverá...

RECUERDOS (POEMA)






Recuerdos que golpean
sobre la cima de mis días
imágenes cotidianas, 
el llanto, las sonrisas,
esa magia en tu mirada
llenándome de dicha,
sentirme enamorado,
extrañar tus caricias.

Es esperarte siempre,
aunque no lo percibas,
en cada paso que doy
para encontrar la salida,
apurado en sensaciones
que a veces se hacen trizas.

Mañana quizás encuentre
mi camino entre las ruinas,
 sabré entonces que por fín
 encontré una nueva vida.

100000 VECES GRACIAS A TODOS USTEDES







Nunca pensé que algún día mi humilde blog de historias llegaría a sobrepasar las 100000 visitas. A él se han acercado a leer personas de todo el mundo y eso, para mí, es maravilloso. Cada paso que he dado en estos años los realicé siempre poniendo a la pasión y el corazón por delante de todo. He cometido errores y hasta aberraciones en el lenguaje pero siempre estuvieron ustedes, los lectores, y también los colegas para corregirme y marcame el camino. Estoy profundamente emocionado y no deseo olvidarme de nadie por que es una lista interminable por eso he preferido generalizar el agradecimiento para todos. Por último deseaba comentarles que mis dos libros editados más todo lo que leen en el blog actualmente son productos de él y eso realza más la importancia del logro, por que si no me hubieran apoyado como lo hicieron, esas obras quizás seguirían en el fondo de un viejo cajón de mi escritorio.

Gracias por estas 100000 visitas y vamos por 100000 más

el gallego rebelde.

TIEMPO (POEMA)




Tiempo cruel, infinito, insoportable, sin matices, sin esperanza, eterno. 
Tiempo que se llevó una vida de sueños, ilusiones, alegrías, sentimientos.Tiempo, maldito tiempo, que pasó raudamente como una brisa cálida de madrugada. Tiempo, interminable tiempo, que ha dejado secuelas en mi alma y a mi ya desgastado cuerpo. Tiempo, pasado, presente y futuro incierto, ya no dejó ni los recuerdos, todo comenzó a desvanecerse, el final ya se acerca, lo presiento, y aunque sienta que me falta tiempo para recibirla en mi lecho, sé acabó mi tiempo, por que ya es el tiempo de mi propia muerte...

MI AMIGA LA COMUNISTA (CUENTO)

 

 

   Mi amiga la comunista militaba desde adolescente en ese partido e intentó muchas veces convencerme de que sus ideas eran las más convenientes para el futuro del país. Mi amiga la comunista decía que el capitalismo y la derecha recalcitrante terminarían por destruir al mundo si todos no nos uníamos en un fin común para derrotarlos. Mi amiga la comunista tenía fotos del Che, de Fidel y hasta de Stalin en su cuarto.

   Yo estaba enamorado de mi amiga la comunista aunque cuando se lo confesé no me tomó en serio y solo largó como respuesta una carcajada. Mi amiga la comunista tenía sueños y entre ellos era el de viajar algún día a Cuba para conocer, según ella decía a su segunda patria. Mi amiga la comunista era muy hermosa, era de tez muy blanca y tenía una piel suave, su pelo era rojizo y sus ojos verdes, todo ese combo la convertían en una de las mujeres más bellas que yo haya visto en mi vida.

   Mi amiga la comunista un día mientras escuchábamos por enésima vez un disco de Silvio Rodriguez se desnudó por completo frente mí y me invitó a que le hiciera el amor. Les juro que fue una de las noche más maravillosa que tuve en mi vida, pero pocos días después y cuando yo creía que por fin nuestra relación se afianzaría, mi amiga la comunista conoció a Carloncho, un militante de su mismo partido, que pensaba igual que ella, que actuaba igual que ella, que era libre igual que ella,
y que la invitó a viajar por Latinoamérica con su moto como alguna vez lo había hecho el Che Guevara. Y mi amiga la comunista por obvias razones aceptó y se fue con él, y yo me quedé solo con el aroma de su cuerpo y esa mirada única que quedó guardada en mi mente desde aquella única vez que amanecimos después de la desenfrenada noche que vivimos.

   No volví a saber nada de mi amiga la comunista, aunque una vez alguien me dijo que desde hace muchos años residía en La Habana. Justo el lugar en donde ella soñaba vivir.

   Yo me recibí de contador público y si mi amiga la comunista se hubiese enterado de esto, de seguro hubiese intentado que yo no siga esa carrera capitalista. Llegué a ser el gerente de la sucursal de un banco y si mi amiga la comunista se hubiese enterado también de esto nunca más me hubiese hablado en su vida. Aunque hoy pienso que a ella le importó un bledo cuando se fue a buscar su destino detrás de ese Carloncho.

   Yo con el tiempo fui entendiendo a mi modo de ver las cosas que mi amiga la comunista tenía razón y que el capitalismo recalcitrante nos hundiría a todos. Entonces renuncié a mi empleo, dejé mi vida de burgués y me fui a recorrer Latinoamérica con los ahorros que junté durante más de diez años. Quizás fue una excusa para intentar encontrarla después de tantos años para decirle que aún la amaba con todo mi corazón.

   Recorrí kilómetros y kilómetros con una vieja combi que me regaló mi amigo Eugenio y tuve que parar varias veces y aceptar la solidaridad de mucha gente en el camino cuando se destruía alguna pieza mecánica o eléctrica del vehículo que me impedía avanzar. En esos momentos me sentía más comunista que nunca al igual que mi amiga la comunista al ver el apoyo de tantos compañeros.

  Tardé unos cuantos meses en llegar a la Havana y otro par de meses para intentar contactarla pero me fue prácticamente imposible dar con el paradero de mi amiga la comunista.

  Pero un día y cuando ya me estaba entregando a mi suerte, me contactó José Antonio, un amigo del tal Carloncho que los albergó en su casa durante un tiempo y me comentó que el tipo había fallecido en un accidente con su moto y que mi amiga la comunista se había marchado a los Estados Unidos. Mucho no le creí por que si había algo que ella odiaba con toda el alma era a los yankes por obvias razones.

   Sin embargo investigué más y lo que me había dicho el tal José Antonio era cierto, mi amiga la comunista se mudó a Texas y hacía allí viajé conduciendo mi maltrecha combi de comunista. No sabría decir cuantos kilómetros hice para llegar a ese estado ni tampoco como lo logré pasando numerosos controles que muchas veces casi me llevan a prisión y a la deportación, pero debo reconocer que tuve suerte y un día llegué al rancho de Tomas W. Stanford. Según me dijeron allí encontraría a mi amiga la comunista que quizás,-pensé-, estaría trabajando como servicio doméstico para el poderoso hacendado que tenía unos ochenta años.

   Pero para mi sorpresa y cuando por fin pude reencontrarme con mi amiga la comunista supe que todo en la vida cambia de acuerdo al momento en que uno vive. Ella, al verme no me reconoció de inmediato salvo por que le dije mi nombre. Mi amiga la comunista estaba muy cambiada, sus pechos eran más grandes, su piel ahora lucía de un tostado caribeño y su cara habia cambiado completamente gracias a las mágicas manos de un cirujano plástico.

   -¿Alberto sos vos?-preguntó ella muy sorprendida.
   -Si, si-respondi casi tartamudeando.
   -¿Pero qué haces acá?
   -Es una larga historia.
   -Estás tan distinto
   -Vos también
   -¿Estoy hermosa verdad?

   No contesté, solo me quedé observándola anodadado. Mi amiga la comunista se dio cuenta al instante y ensayo una especie de excusa.

   -Alberto, la vida nos lleva a cambiar de ideas y de rumbo.
   -Entiendo-respondí decepcionado- Me voy, chau
   -¿Ya te vas?, ¿no querés pasar y que charlemos un rato?, hace tanto que no sé de vos, del barrio, de mi Buenos Aires querido.
   -Parecés un tango-le dije con sorna.
   -¿Estás enojado conmigo?

   Me di la vuelta y me alejé sin responder, me subí a la combi y emprendí el camino de regreso. Estuve algunos días preso por el maldito capitalismo yankee que me detuvo en una de sus autopistas y no entendió que lo mío era libertad pura aunque tuve que aceptar la ayuda del consulado que logró meterme en un avión y así volví a Buenos Aires.

   Mi amiga la comunista ya no era lo que fue y yo tampoco, ahora pertenezco a un grupo piquetero de la Matanza. Soy más comuna que nunca y odio con toda mi alma a la derecha recalcitrante que gobierna este país.

   Pero en algo tengo que darle la razón a mi amiga la ex-comunista, la vida nos lleva a cambiar de ideas y de rumbo. Yo los cambié por ella y ella los cambió por un puñado de dólares de un hacendado Texano...



 


 

SIMPLEMENTE HUMANOS (REFLEXIÓN)







Somos lo que odiamos ser,
somos lo incomprensible,
somos lo imprevisible ,
somos los que amamos,
somos una especie en extinción,

Somos la soberbia que transmitimos,
somos la maldad y la ternura,
somos el amor y el rencor, 
somos perversos y maravillosos,

Somos los que construimos,
somos los que destruimos,
somos perfectos
 y  somos una pesadilla. 


Somos en síntesis,
simplemente humanos...

EL ALMACÉN Y LAS ROSAS ROJAS (CUENTO)

 


   Todos los días, mientras se dirigía al trabajo en su auto, Claudio veía parado en una esquina donde se encontraba un viejo almacén que se había cerrado varias décadas atrás a un hombre vestido con un traje gris y que en sus manos llevaba un gran ramo de rosas rojas que depositaba en el piso de la maltrecha persiana de entrada del local. Siempre a la misma hora, a las nueve de la mañana cumplía el ritual.

   Esta situación le extrañó de sobremanera a Claudio que cuando pasaba con su auto lo observaba detenidamente tratando de comprender porqué este hombre hacía eso.

   Cierto día, a Claudio lo pudo su  curiosidad y estacionó el auto cerca de donde se paraba el hombre y esperó a ver que ocurría después de que éste dejaba el ramo de rosas rojas.

   Transcurrieron un par de horas y el tipo seguía allí parado, mirando fijo hacia la nada.
   Finalmente Claudio se cansó de la situación y se alejó del lugar.

   Pasaron unos días, y en el mismo sitio donde el hombre del traje gris dejaba el ramo de rosas rojas vio a una hermosa mujer que lucía un trajecito un tanto antiguo, estaba bien maquillada y arreglada y parecía estar esperando impaciente a que alguien fuera por ella. La mujer observaba para uno y otro lado y taconeaba nerviosamente mientras su cara denostaba cierto enfado.

   Claudio detuvo su auto, lo estacionó  y se bajó para ir al encuentro de la mujer que al verlo lo reprendió

   -¡Baltazar!-le gritó-, le dije que me esperara en el auto.
 
   Claudio la observaba incrédulo y sorprendido hasta que salió de su conmoción y le respondió.

   -Señora, yo no soy quién usted cree, mi nombre es Claudio y...
   -¡No bromee Baltazar por favor! ¿Y su traje de chofer?, parece un andrajoso vestido así.
   -Señora-dijo él. le repito yo no soy...
   -¡Basta Baltazar!-lo retó ella-, sé lo que hace por mí y se lo agradezco, pero no me falte el respeto, vuelva al auto y espéreme allí.

   Claudio se alejó lentamente y volvió a sabir a su auto, la mujer dejó de mirarlo y comenzó a taconear de nuevo, quizás-pensó-, todo aquello era una farsa y estaban utilizándolo como una victima de alguna cámara oculta. Aceleró y se alejó de allí.

   Por un largo tiempo no volvió a pasar por la zona, sin embargo, Claudio seguía intrigado por todo lo que le había tocado vivir. No le comentó nada a nadie, ni siquiera a su esposa para evitarse una tomada de pelo por parte de ella, o, y lo que sería peor, que lo creyera loco.

   Pasaron unos meses y Claudio decidió pasarse por aquella esquina nuevamente. Para su sorpresa, ahora el hombre del traje gris y la mujer estaban juntos. Charlaban animadamente y decidiós acercarse a ellos que parecían no haber notado su presencia.

   Claudio observó a su alrededor y se dio cuenta que todo el entorno que los rodeaba había cambiado. Los autos eran antiguos, el almacén estaba abierto y con gente vestida de una época pasada que ingresaba y salía del negocio luego de realizar sus compras.

   En ese  momento sintió como si hubiese sido transportado al pasado y se asustó. Esto le produjo que casi se vaya de pique al suelo ya que comenzó a marearse aunque logró mantenerse en pie para observar lo que ocurría. De pronto, la mujer se acercó a él y le habló:

   -Era hora que llegara Baltazar, ¿que le pasó?-le preguntó un tanto enfadada.

    Claudio la observaba incrédulo.

   -¿Que sucede? ¿Le comieron la lengua los ratones?, prepare el auto debemos irnos en media hora-le ordenó.

    Claudio guardó silencio.
   
    -¿Baltazar usted se siente bien?

    Claudio sin mediar palabra se dio media vuelta y se fue rápidamente alejándose del lugar.

   Pasaron otros dos meses y Claudio se animó nuevamente a pasar por allí, esta vez todo parecía estar en orden aunque un detalle llamó su atención.

   En la puerta del viejo almacén que lucía como al principio, casi destruido por el abandono y el tiempo, con sus persianas oxidadas estaba el ramo de rosas rojas pero no el hombre de traje gris que había visto desde el principio ni aquella extraña mujer.

   Claudio se acercó lentamente y con un poco de temor por todo lo que había experimentado en los últimos tiempos levantó el ramo y de inmediato apareció ella otra vez y todo el lugar regresó a una época pasada. El almacen ahora estaba intacto, el hombre del traje gris se le paró detrás con cara de pocos amigos y lo increpó.

   -¿Pero que hace con las flores que le regalé a mi amada?
   -Déjelo tranquilo Dalmiro-intercedió ella-, yo se las di a Baltazar.
 
   Dalmiro, más tranquilo, le ofreció su brazo y ella lo tomó con gusto, los dos comenzaron a caminar hacia la otra esquina, pasaron por delante de una señora que barría las hojas caídas de los árboles y de dos chicos con pantalones cortos y peinados con gomina que jugaban con una pelota de trapo.

   -Esto no puede estar sucediendo-se dijo Claudio-, aquí tiene que haber alguna trampa de un gracioso.

   Comenzó entonces a recorrer el barrio y se percató de que lo que estaba viviendo era tan real que no había ninguna duda de que estaba ocurriendo.
   Dos chicas vestidas con trajecitos parecidos a los de la mujer del almacén pasaron tomadas del brazo ante él y le sonrieron picaramente, una de ella giró su cabeza y le guiñó un ojo. Claudio se alejó abrumado y se retiró raudamente.

   A la mañana siguiente ,decidió regresar al extraño barrio pero esta vez no fue con su auto. Se bajó del colectivo en una avenida cercana y fue caminando hasta el almacén. Vio nuevamente el ramo de rosas rojas depositado en la puerta que estaba con sus oxidadas persianas bajas, lo tomó y todo recobró nuevamente su esplendor de antaño pero esta vez no estaba la mujer, ni el hombre del traje gris, ni la señora barriendo las hojas, ni los niños con la pelota de trapo, ni las dos señoritas que le sonrieron al pasar delante suyo.

   Recorrió el lugar, golpeó algunas puertas, pero nadie salió. A lo lejos, vio que venía caminando un hombre parsimoniosamente y fue a su encuentro con desesperación, casi con la certeza de que ese tipo le explicaría todo lo que sucedía en ese extraño barrio.

   -Señor, buenas tardes-saludó.

   El hombre solo le hizo un gesto con su cabeza parecido a un saludo.

   -¿Me puede usted ayudar?
   -¿Que es lo que quiere?
   -Por lo que veo usted es del barrio.
   -No, no lo soy, solo estoy de paso por aquí.
   -¿En que año estamos?
   -¿Usted perdió la memoria?
   -No, no, es largo de explicar. ¿Me puede responder?
   -1944
   -No puede ser.
   -¿Se siente usted bien?-preguntó el hombre ahora un poco más complaciente.
   -Es que no soy de esta época.
   -¿Quiere usted que llame a alguien para que lo asista?
   -No, gracias.

   El tipo se encogió de hombros y siguió su camino, dobló en la esquina y desapareció. Claudio ya desesperado regresó a la puerta del almacén que estaba cerrado pero con sus persianas en perfecto estado pintadas de un gris plomizo. Depositó el ramo de rosas rojas en el piso esperando volver a su vida actual pero se dio cuenta que todo seguía igual.

   -De pronto, alguien le tocó el hombro y Claudio se dio vuelta asustado.

   Era el hombre del traje gris.

   -¿No trajo hoy a mi novia Baltazar? ¿Ella no va a venir?-le preguntó con desazón.

   Claudio guardó silencio sin entender lo que sucedía

   -¡Baltazar!-exclamó ahora el hombre del traje gris-, le hice una pregunta.
   -Yo no soy Baltazar-respondió Claudio secamente-, me llamo Claudio.
   -¿Claudio?, mi novia me dijo que usted era su chofer y se llamaba Baltazar.
   -Esto es una locura

   Claudio comenzó a caminar hacia la avenida por donde había ingresado al barrio pero se dio cuenta de que ahora en ese lugar se encontraba un gran arroyo.

   -¿Me estaré volviendo loco?-se preguntó en voz alta.
   -Yo le diré la verdad-le respondió de pronto una voz a sus espaldas.

   Al darse vuelta vio al hombre que unos momentos antes se había cruzado con él

   -Hable entonces, lo escucho.
   -En la mañana del 3 de Octubre de 1944 y en esta misma calle, venía circulando un auto que conducía Baltazar Gutierrez, lo acompañaba su patrona, la hija del empresario más poderoso del país. Adriana Rodriguez Puán. En la esquina donde está el almacen se produjo un tremendo choque de frente con un camión que yo conducía y fallecimos los tres en el acto. A partir de ese día, y todas las mañanas, su amante Dalmiro dejaba un ramo de rosas rojas, sus preferidas, en la puerta del negocio donde se produjo el siniestro.
   -Pero, ¿por que yo solo percibo esto? ¿qué me está ocurriendo?
   -¿En verdad usted no recuerda nada verdad?
   -No sé de qué me habla.
   -En su vida anterior usted fue Baltazar, el chofer que chocó conmigo aquella nefasta mañana.
   -Yo me llamo Claudio.
   -Baltazar se reencarnó en usted cuando nació, pero nunca pudo perdonarse que muriera su patrona en aquel accidente y por eso cuando pasó por primera vez por aquí tuvo la imperiosa necesidad de parar al ver como Dalmiro dejaba las flores.
   -Sigo sin entender nada.
   -Por alguna extraña razón, Baltazar está intentando de algún modo limpiar su alma, por eso viene hasta aquí, toma las flores, recuerda a su patrona y a su amante y luego se va para regresar tiempo después.
    -¡Yo no soy Baltazar!
    -Lo siento amigo, deberá aprender a convivir con ello hasta que pueda perdonarse.

   Dicho esto, el hombre se alejó y todo volvió al tiempo actual, Claudio regresó a su casa e investigó lo que había sucedido aquella mañana del 3 de octubre de 1944. Buscó información en internet y al ser el padre de aquella mujer un empresario poderoso de aquella época pronto halló lo que buscaba.

   Un diario de la época registró con lujo de detalles todo lo ocurrido esa mañana:

   "Cuando el vehículo que llevaba a la señora Adriana Rodriguez Puán tomó por la calle Bermudez se encontró de pronto con un camión que circulaba hacia la Avenida Juan B. Justo chocando los dos vehículos de frente. El Chofer de la millonaria cometió el error de circular en contramano por dicha arteria lo que provocó la tragedia. No hubo sobrevivientes. Un testigo que vio lo sucedido le contó esto a la policía cuando fue interrogado. Luego se descubrió que esta persona llamada Dalmiro Ordoñez Castro era amante de la hija del empresario más poderoso del país y que pactaron encontrarse todos los días en la esquina de Bermudez y Juan A. García, lejos de su barrio y el de su futuro esposo el abogado Carlos Andrés Peralta Tapia. Desde el accidente, y todos los días a la hora que se produjo, el hombre que siempre viste de traje gris como en aquella jornada del siniestro deposita un ramo de rosas rojas en la puerta del local, estas eran las favoritas de la señorita Rodriguez Puán"

   Claudio lloró en silencio durante varios minutos, luego se despidió de su esposa besándola en los labios y regresó a la esquina donde estaba el almacén. El ramo se encontraba en el piso, lo tomó y todo regresó al pasado. De pronto, Adriana se hizo presente y le habló:

   -Buenos días Baltazar.
   -Perdón señora-se anticipó Claudio-, fue mi culpa por meterme en esa calle en contramano.
   -Por fin has regresado-dijo ella-, ahora puedo decirte que no fue tu culpa, que todo lo que sucedió fue una fatalidad, y que si te metiste en contramano lo hiciste por que yo te estaba apurando para llegar en hora. No eres culpable de nada, ahora vuelve con tu mujer Claudio y vive una vida plena.

   Dicho esto, ella lo besó en la frente, le pidió que le entregara el ramo de rosas rojas y fue al encuentro de Dalmiro que la esperaba a unos pocos metros. Lo tomó del brazo y los dos se perdieron en una espesa niebla que apareció de la nada.

   Claudio  regresó a su casa, tiempo después se animó y volvió a pasar varias veces por aquella esquina pero nunca más vio el ramo de rosas rojas depositado en el piso, enfrente del ahora nuevamente destruido almacen de la calle Bermúdez y Juan A. García...

   Fin